The New
Evangelization in Brooklyn and Queens A Pastoral Letter by Most Reverend
Nicholas DiMarzio Bishop of Brooklyn October 3,
2004
Introducción
Esta primera carta pastoral durante mi ministerio episcopal en
la Diócesis de Brooklyn, sirviéndoles a las personas de Brooklyn y Queens, trata
de la Nueva Evangelización. Después de un año de experiencia en la
diócesis y de haber observado sus necesidades, he desarrollado el
tema de mi homilía en el servicio de Vísperas en la Catedral Basílica de
Santiago, que se llevó a cabo días antes de la misa de mi instalación, a decir,
la escena en el Evangelio de Lucas (Lc 5,1-11) en el cual Jesús anima a sus
apóstoles y discípulos después de una noche de pesca infructuosa. Él les
hace la oferta “de remar hacia aguas más profundas”, de tratar de nuevo,
prometiéndoles una pesca abundante mientras les enseña a convertirse en
pescadores de hombres. “Remar hacia aguas más profundas” es el título de mi
columna semanal y, creo, el de mi ministerio episcopal entre el pueblo de Dios
aquí en la Diócesis de Brooklyn.
Esa escena del evangelio es muy poderosa, en ella podemos
apreciar lo atractivo y eficaz de la predicación de Jesús, tanto así, que para
poder enseñarle a la multitud que se aglomera a la orilla de la playa, él tiene
que ir mar adentro en un bote. Después de la predicación, él dirige su atención
a los frustrados pescadores a quienes eligió para ser sus primeros apóstoles y
discípulos. La pesca es tan milagrosa que Simón Pedro, quién se
convertiría en el líder de la banda apostólica, se da cuenta que el futuro
les presentará eventos más difíciles y milagrosos. Pedro le pide al Señor
que se aleje de él pues es un pecador indigno e incapaz de tal misión.
Jesús le asegura a Pedro que él no tiene por qué temer, Pedro hace un acto de
obediencia y se convierte en instrumento del Señor. Luego dejándolo todo, le
siguieron. ¡Cuán real es esta escena, es como si se repitiera una y otra
vez en la historia de la Iglesia! Nosotros también, debemos de “remar hacia
aguas más profundas” una vez más, en una nueva era de evangelización. Nuestro
Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, hizo este llamado en su Carta Apostólica,
Novo Millenio Ineunte (Al Principio del Nuevo Milenio). ¡Cuan importante es este
tiempo en la historia de nuestra iglesia!
En 1992, con la ocasión del Aniversario de los Quinientos Años
de la Evangelización de las Américas, mi precursor, el obispo Thomas V. Daily,
publicó una Carta Pastoral titulada Una Epifanía de Fe, Carta Pastoral en la
Ocasión de los Quinientos Años de la Evangelización de las Américas. Poco
después de su arribo en 1990 como el sexto obispo de Brooklyn, el obispo
Daily animó a los fieles a evangelizar la diócesis especialmente a través de
los nuevos movimientos eclesiales. De manera particular, animó los
esfuerzos de evangelizar nuestra cultura tan necesitada de una presencia
cristiana. El pueblo de Dios en Brooklyn y Queens escuchó su petición. Su carta
pastoral se convirtió en tema de mucha discusión e implementación. Edificando
sobre esta sólida fundación, les pido que esta carta pastoral se convierta en
instrumento que estimule una Nueva Evangelización a través de la discusión
de su contenido acompañada de una bien razonada y significativa
acción.
Esta carta pastoral está dirigida a todas las personas de buena
voluntad, a todos los cristianos y, especialmente a todos los católicos miembros
de la Diócesis de Brooklyn. Mientras que damos testimonio de nuestra fe,
respetamos la fe de los demás. Pero, no podemos ocultar lo que creemos y nuestro
deseo sincero de compartir nuestra fe con los demás. La Nueva Evangelización se
debe vivir especialmente en cómo demostramos un respeto profundo por la persona
humana en su dignidad y libertad de determinarse a sí misma religiosamente
delante de Dios. Esto es también verdad con respecto a otros cristianos y
personas de otras religiones.
Hacia una Comprensión de la Nueva
Evangelización
La invitación de iniciar una Nueva Evangelización nos viene del
Papa Juan Pablo II al principio de un nuevo milenio. Nuestro Santo Padre nos
pide enfrentar los desafíos que el mundo nos presenta. Uno de los mayores
desafíos que enfrentamos, es el que la mayoría de las ocasiones las palabras no
contienen un significado profundo en nuestras vidas porque hemos perdido
el sentido de nosotros mismos al usarlas. Debemos recordar que el cristianismo
es más que una religión de palabras. Lo más importante es la revelación de una
Persona que es Dios y Hombre. La Palabra Divina a través de la cual fueron
hechas todas las cosas es una Persona Divina: Jesucristo. La Nueva
Evangelización es la total predicación y escucha de la Persona de Jesús mediante
un encuentro vivo para todos en este tercer milenio.
Éste y los otros desafíos ofrecidos por el mundo son numerosos.
La Nueva Evangelización sin embargo, no es un programa específico o un plan de
acción. Es ante todo, una llamada a un encuentro personal con Cristo, descubrir
su rostro, darla a conocer al mundo y permitirle a él que se nos identifique con
el. Tal encuentro con el Señor nos lleva a descubrir la verdad de
una manera nueva y más profunda, proporcionándonos la fuerza para resistir
la creencia equivocada de que la verdad es relativa y abierta a cualquier
interpretación.1
Es precisamente el contrarrestar esta mentalidad relativista y
el volver a reestablecer la misión primordial de Cristo, y por lo tanto de la
iglesia, -la cual es proclamarlo a Él mismo como el contenido de la revelación
de Dios- que nuestro Santo Padre marcó la misión de la iglesia al principio del
milenio, como la re-evangelización de la persona de Jesucristo. Él es “el
Camino, y la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6) para toda la humanidad, y no solo para
los cristianos. La novedad al cruzar el umbral del milenio consiste en la
experiencia de que Jesucristo, verdadero Dios, no es una excepción para el
hombre, pero la revelación del hombre; que Él es la norma de la existencia
humana y el sentido mismo de lo que significa ser humano. Por lo tanto, la
revelación de Jesucristo cruza todas de las fronteras religiosas, políticas y
étnicas para ser la forma privilegiada y única de alcanzar la vida eterna.
“Cristo es el único mediador entre Dios y el hombre: ‘Porque hay un solo Dios y
un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús el hombre, que se dio
como rescate por todos...’”(1 Tm 2, 5-7). Por lo tanto, “Nadie... puede entrar
en comunión con Dios sino es a través de Cristo, por medio del Espíritu
Santo.” 2
Verdaderamente, debemos predicar su mensaje con nuestras vidas a
todos los hombres y mujeres de buena voluntad, de tal manera que pueden ver a
Cristo como el solo y único salvador de la humanidad.
Lo que No es la Nueva Evangelización
La Nueva Evangelización se puede describir de muchas maneras por
lo que no es. Primero que todo no es un mensaje nuevo. El mensaje es la Palabra
hecha Carne, la Palabra dirigida por el Padre. Jesús es el mensaje y el medio.
Solamente a Él es a quién se proclama como la Buena Nueva para la
humanidad.
La Nueva Evangelización se edifica sobre las anteriores
generaciones de evangelizadores. También busca evitar caer en las trampas
del pasado, tales como el proselitismo forzado. Para muchos, el “proselitismo”
tiende a ser una palabra peyorativa. Sin embargo, si el proselitismo se entiende
como el celo de traer nuevos conversos a la fe en Jesucristo, entonces es una
palabra esencial, puesto que no hay salvación fuera de Jesucristo (aunque hay
salvación fuera de la Iglesia visible).3 Los primeros conversos en
la Iglesia fueron llamados prosélitos. La coerción no debe tener ninguna
participación en los esfuerzos de llevar el mensaje de Cristo al
mundo.
La Nueva Evangelización tampoco es un programa nuevo o separado
con metas y objetivos a lograr. El Reino de Dios no es asunto de alcanzar metas
y objetivos. El Reinado de Jesucristo no se puede establecer por medio de
estructuras externas. El Reino de Dios está en nosotros; el Reino de Dios es una
perla de gran precio por la cual estamos dispuestos a sacrificarlo todo.
Es importante tener claro el significado de los términos Reino e
Iglesia, en su relación con Cristo en el transcurso del tiempo. En su Encíclica
Redemptoris Missio (Misión del Redentor), Juan Pablo II nos recuerda que Cristo
no es la Iglesia, pero su cabeza y novio. La Iglesia no es Cristo, sino su
Cuerpo. La humanidad de Cristo es el “sacramento” de Dios así como la Iglesia es
el “sacramento” de Cristo al mundo la cual hace presente Reino de Dios. Más aún,
el Reino de Dios se está expandiendo constantemente. Esta aquí y ahora, en
nosotros y en nuestras acciones por el de don que de nosotros mismos hacemos al
mundo, especialmente cuando seguimos las enseñanzas sagradas de la Iglesia. Pero
la plenitud del Reino se logrará solo al final del tiempo. El Reino de Dios no
es Cristo ni la Iglesia, pero no se le puede separar de ninguno de ellos y
continuar siendo el Reino de Dios. La Nueva Evangelización debe llevarnos a una
mayor conciencia del Reino de Dios, por cuya venida oramos cada vez que rezamos
el Padre Nuestro.
La Nueva Evangelización no es la revisión de doctrinas de
fe, aunque la sustancia de lo que se cree es crítica. La Nueva Evangelización
presume el contenido de la fe y busca enseñarlo mediante nuestras vidas de
servicio fiel a Cristo.
La Nueva Evangelización no se dirige solamente a los que nunca
han oído hablar de Cristo, lo cual encaja con una definición más tradicional de
la evangelización. La Nueva Evangelización se dirige a aquellos que están en
necesidad de ser re- evangelizados, de escuchar el mensaje nuevamente a
través de una nueva presentación y un nuevo lenguaje, con un nuevo celo y
una nueva presencia cautivadora de Cristo, a través del Espíritu Santo.
Más específicamente, ¿Qué es la Nueva Evangelización?
¿Qué podemos decir de la Nueva Evangelización más
específicamente? La Nueva Evangelización comienza con un encuentro radical con
la persona de Jesucristo. En la Exhortación Apostólica post-Sinodal sobre los
obispos, Pastores Gregis (Pastores del rebaño del Señor), leemos, “Cristo es de
hecho el corazón de la evangelización... y es el mismo programa para la Nueva
Evangelización la cual tiene como su centro último al mismo Cristo, quién debe
de ser conocido, amado e imitado a fin de que en Él podamos vivir la vida de la
Trinidad y con Él podamos transformar la historia y llevarla a su cumplimiento
en la Jerusalén del cielo”4. Verdaderamente, toda la evangelización consiste en
encontrarse con Cristo Resucitado a través del ministerio de la Iglesia.
La Nueva Evangelización, se puede describir de mejor manera como
un “enriquecimiento de la fe,” término utilizado por nuestro Santo Padre en el
libro que el escribió a su regreso del Concilio Vaticano II siendo en
aquel entonces arzobispo de Cracovia, y en el cual le explicaba el mensaje del
concilio a su pueblo. Él escribió en su libro que la persona humana, como
persona creyente de fe se convierte en un evangelizador: “En lugar de entender
la fe como un ‘sistema de proposiciones que se aceptan con asentimiento
intelectual’ el cual se preocupa de las preguntas como ¿Qué debemos creer? o
¿Cuál es el sentido de ésta o aquella verdad de fe?, debemos hacernos una
pregunta aún más difícil, ¿Qué es lo que significa el ser un miembro creyente de
la iglesia?” 5. Ésta pregunta es difícil y compleja porque es
profundamente personal. Solo puede contestarse a través de una sincera donación
de sí mismo. Los nuevos evangelizadores no solo enriquecen su propia fe, sino
además la comparten con los demás.
Sin embargo, para lograr una Nueva Evangelización, que en cierto
sentido es “iniciar de nuevo” debemos limpiar el expediente de pecados y errores
pasados, particularmente cuando no hemos respetado la libertad y la dignidad de
cada persona humana. Debemos de buscar el perdón de aquellos a quienes se les ha
ofendido a través de los siglos, especialmente quienes en el pasado se les hizo
daño a través de medios irregulares de evangelización. Al comenzar el nuevo
milenio, el Papa Juan Pablo II enumeró eficazmente los muchos errores y faltas
del pasado por la cuales él personalmente pidió perdón en el nombre de la
Iglesia. Nosotros también, como Diócesis de Brooklyn, debemos buscar el perdón
de aquellos a quienes pudimos herir de cualquier forma durante los ciento
cincuenta años de nuestra existencia.
No podemos olvidarnos de las incidencias del racismo
institucional e individual contra las personas de color, ni el rechazo y el
prejuicio que excluyeron al principio a grupos de inmigrantes de nuestras
comunidades parroquiales. También, recordamos la falta de diálogo
inter-religioso y encuentro ecuménico. Mientras que algunos esfuerzos se han
hecho en el pasado en este respecto, reconocemos que debemos hacer mucho más.
Por lo tanto, por nuestra falta de comprensión y por nuestras fallas,
nosotros pedimos perdón.
De una manera especial, debemos buscar perdón por las faltas
morales cometidas en el pasado por aquellos que representaban a la Iglesia,
especialmente por el gran mal del abuso sexual de menores de edad. Por este
abuso no podemos disculparnos lo suficiente, debemos redoblar nuestros esfuerzos
para prevenir cualquier abuso sexual en el futuro de cualquier persona confiada
al cuidado de la iglesia.
En la medida en que cada uno de nosotros tenga un nuevo
encuentro con la presencia de Cristo Resucitado en nuestros corazones,
familias, vecindarios y comunidades de fe, debemos necesariamente de confrontar
nuestras faltas y caídas personales. Cuando nos encontramos con el amor de Dios,
debemos de reconocer nuestros pecados y buscar el perdón del Señor. Un perdón
que está siempre disponible para quién lo pide en el Sacramento de la
Reconciliación. El uso renovado del Sacramento de la Penitencia, es condición
necesaria para quienes quieran ser evangelizadores. Debemos también
pedirnos perdón unos a otros por las veces que hemos optado por la división, los
celos y el miedo sobre la unidad, la colaboración y la misericordia. Si vamos a
caminar el sendero de la Nueva Evangelización, solo lo podemos lograr unidos,
reconciliados con el Señor y el uno con el otro. Si no hay conversión, no puede
haber una Nueva Evangelización.
El Enfoque de la Nueva Evangelización
La re-evangelización es la proclamación revitalizada del
Evangelio como una experiencia vivida en los acontecimientos concretos de la
vida diaria de aquellos bautizados y miembros activos de la iglesia. Es el
encuentro con Cristo ofrecido en la Nueva Evangelización lo que nos da una
oportunidad de transformar nuestras relaciones personales con Cristo.
Primero, es una llamada a la oración formal y a orar por el
trabajo ordinario de cada día. Solo entonces podremos profundizar en nuestra fe
y el conocimiento de Jesucristo obtenido a través de la catequesis, la formación
de la fe, la formación de la conciencia, y la adherencia a las enseñanzas
morales de la Iglesia. Por medio de la oración debemos de integrar la práctica y
el conocimiento de la fe para transformar cada aspecto de nuestras
vidas.
Además, debe también de haber un proceso de formación continua
de la fe en nuestras vidas, alimentada por la educación y la oración lo cual nos
transformará en los nuevos discípulos que llevarán el Evangelio al
mundo por medio de su ejemplo y no solamente de palabra. Esta transformación es
especialmente necesaria en las vidas de nuestros niños, adolescentes y jóvenes
adultos al iniciar sus jornadas de fe. Por lo que el trabajo de la educación
católica en favor de nuestros niños y de los adultos en nuestras escuelas
católicas y programas de la educación religiosa son los mejores y más grandes
medios para lograr una Nueva Evangelización.
De manera especial, nuestras escuelas católicas han sido y deben
de continuar siendo instrumentos más eficaces de evangelización. La
evangelización de los no-católicos y la re-evangelización de los estudiantes y
de las familias que no practican su fe se puede lograr mediante un renovado
énfasis de los valores que dan a nuestras escuelas católicas su identidad única.
Nuestro currículo escolar debe reflejar la necesidad actual de re-evangelizar a
los creyentes y la evangelización de los que todavía no comparten nuestra
fe.
Segundo, estamos llamados a amar al Señor más profundamente a
través del cuidado pastoral de nuestros hermanos católicos y el amor hacia
nuestros vecinos sin importar quienes puedan ser ellos. Muchas veces ejercitamos
este amor al prójimo proporcionándoles servicios sociales, cuidado médico,
programas de vivienda y de educación en nuestras escuelas católicas. En la
Nueva Evangelización, la enseñanza social de la Iglesia debe formar parte de lo
que proclamamos. Manifestamos nuestra preocupación por toda la humanidad y toda
persona humana mediante la enunciación de la enseñanza social que nos viene del
evangelio mismo. Cuando Jesús dio su sermón inaugural en la sinagoga de Nazaret
(Lc 4, 16-21), él comentó el pasaje de Isaías (Is 61, 1-2) el cual describe la
misión del Mesías de llevarle buenas noticias a los pobres y la liberación a los
cautivos, lo cual es el corazón de la enseñanza social de la Iglesia. Todas
estas acciones son formas concretas a través de las cuales podemos amar al Señor
más profundamente y demostrar ese amor a los demás.
Tercero, debemos profundizar nuestro entendimiento de y tener un
encuentro más profundo con la Persona de Cristo en los sacramentos de la Iglesia
–en particular, los sacramentos de la iniciación (Bautismo, Confirmación,
Eucaristía) y los sacramentos de testimonio (el Matrimonio y las Órdenes
Sagradas). Por medio de estos sacramentos somos enviados a ser los primarios
evangelizadores del mundo. Es en estos sacramentos que un encuentro profundo con
Cristo se inicia y se desarrolla. Además, debemos de compartir nuestro
conocimiento de y el encuentro con Cristo con todos los que nos encontramos.
Éste es el testimonio particular de la Nueva Evangelización.
Re-Evangelizar a los Católicos No Practicantes
Otros recipientes de la Nueva Evangelización son aquellos
bautizados que se han alejado de la práctica de la fe. Es una oportunidad para
que ellos tengan la ocasión de volver a enamorarse del Señor Jesús quien vive en
sus corazones. Ellos nunca considerarán conocer mejor al Señor, a no ser que
descubran esta relación con el Señor en las vidas de los otros creyentes.
Por lo tanto, la Nueva Evangelización exige que cada uno de nosotros viva
una vida auténtica de testimonio de Cristo con el fin de animar la fe de
aquellos católicos no practicantes.
De muchas formas, la Nueva Evangelización busca mayores
oportunidades de profundizar la relación personal que todos creyentes comparten
con Cristo a través del sacramento del Bautismo, incluso si dejan de practicar
su fe católica por un tiempo. Muchos de los que anteriormente se llamaban
católicos, han sido atraídos a las sectas evangélicas por el celo misionero de
sus miembros y porque han logrado satisfacer sus necesidades personales. Tal y
como el Señor le ordenó a los discípulos de buscar primero las ovejas pérdidas
de la casa de Israel (Mt 10, 6), así también nosotros debemos buscar a los que
se han perdido por diversos motivos. A ellos se les debe conducir a una plena
participación de la vida de la Iglesia.
Todas las diferentes oportunidades de entrar en contacto con los
no católicos deben de ser momentos para la enseñanza. La presencia de muchos
individuos no-practicantes durante las celebraciones de los sacramentos,
especialmente el Bautismo, la Primera Comunión y la Confirmación y su presencia
en los programas de preparación para estos sacramentos, son oportunidades únicas
para avivar la fe. Los programas de preparación matrimonial también ofrecen
grandes posibilidades para reavivar la fe dormida. Programas renovados para la
instrucción catequética para los niños deben incluir la participación de los
padres. Programas imaginativos de enseñanza para los adultos pueden atraer
a muchos que se encuentran buscando diferentes formas de poder profundizar en la
práctica de su fe.
La Evangelización del Mundo Entero
La Nueva Evangelización nos pide también el que busquemos a
aquellos que nunca han oído del Señor y les ofrezcamos el mensaje de esperanza y
de vida en Cristo. Juan Pablo II, en su encíclica Redemptoris Missio (La Misión
del Redentor), dio una clara presentación de la validez perenne del
mandato misionario de Jesucristo en la vida de la Iglesia. Él nos recuerda
que la esencia del mensaje de salvación no es otra que el de la vida eterna.
Jesucristo, incorporándonos en la Iglesia, a través del Bautismo, la
Confirmación y la Eucaristía y en la celebración de los otros sacramentos, nos
permite adquirir el regalo de la conversión continua. Los diferentes
acontecimientos salvíficos en la vida de Cristo, nos conducen a la
conversión y al cambio, lo cual es el corazón de toda
evangelización.
La promesa de la esperanza se encuentra profundamente enraizada
en el camino de la Nueva Evangelización. Como nos dice Juan Pablo II en
Pastores Regis (Pastores del Rebaño del Señor), “la Evangelización incluye la
predicación de la esperanza y las promesas hechas por Dios, la nueva alianza en
Jesús Cristo.”6 En el mismo documento, escuchamos también que la misión esencial
del obispo es la de inspirar la esperanza en el pueblo de Dios, de tal modo que
ellos puedan experimentar la salvación que les viene por medio de Jesucristo. La
esperanza es el elemento que falta en el mundo de hoy y que la Nueva
Evangelización busca restaurar.
El encuentro radical con Cristo nos lleva a una relación más
profunda con él, cambia quienes somos y nos invita a predicar el evangelio
mediante el testimonio de nuestras vidas. Como san Francisco de Asís, cuya
fiesta celebramos mañana 4 de octubre le dijo a sus discípulos cuando los
envió en sus viajes misioneros: prediquen el Evangelio y en caso de necesidad
utilicen las palabras. Francisco inspiró a sus seguidores a que fuesen
testigos activos de la presencia de Jesucristo en sus vidas. Las palabras, las
acciones y los valores se siguen el uno al otro. El espíritu misionero provee el
incentivo de compartir con otros este mismo encuentro y descubrir medios de
evangelizar a todas las personas en las diferentes circunstancias de sus vidas.
Todos con quienes nos encontremos -individuos, vecinos, aquellos en pequeños
grupos, una sección completa de la sociedad- todos pueden ser conducidos a un
encuentro con Cristo Resucitado. Esto es Nueva Evangelización.
Jesucristo es el Evangelizador Primario
Jesucristo por lo tanto, es el evangelizador primario. Hemos
sido llamados a colaborar con él, cada uno según nuestra propia vocación y
estado de vida. Colaboramos como miembros de la Iglesia, la cual depende de
todos sus miembros, no solo los ordenados y aquellos en vida consagrada,
sino más importante aún, de la gran mayoría quienes son los fieles
laicos.
A través de la evangelización, la Iglesia se edifica como
comunidad de la fe. Más exactamente, se edifica como una comunidad que confiesa
la fe mediante una adherencia total a la Palabra de Dios con el fin de celebrar
los sacramentos y vivir en la caridad, la cual es el principio de la existencia
de la moral cristiana. Si no podemos llegar a ser una comunidad de creyentes, no
lograremos alcanzar la Nueva Evangelización. Tal colaboración está en el corazón
de la vida de la Iglesia. La colaboración nunca termina. Así, el trabajo de la
Nueva Evangelización es continuo durante toda la vida de la persona, y en la
vida de la Iglesia. Es un factor constante en la vida de la Iglesia desde sus
inicios hasta el final de los tiempos.
El apoyo del uno al otro es crítico si se quiere lograr la
Nueva Evangelización. El Papa Pablo VI, en su Exhortación Apostólica
Evangelii Nuntiandi (La Evangelización en el Mundo Moderno), dijo, “deseamos
confirmar una vez más que la tarea de evangelizar a todas las gentes constituye
la misión esencial de la Iglesia... Evangelizar son de hecho la gracia y
la vocación propias de la Iglesia, su más profunda identidad. Ella existe
para evangelizar.” 7. La experiencia del Vaticano II llevaron al Papa Pablo VI a
publicar Evangelii Nuntiandi para animar nuevos esfuerzos de evangelización.
Como predecesor de Juan Pablo II, él publicó la primera llamada a una Nueva
Evangelización.
En resumen, la Nueva Evangelización nos ofrece la posibilidad de
convertirnos en los nuevos evangelizadores en el mundo moderno. El
cardenal Theodore McCarrick, Arzobispo de Washington y un mentor para mi, en una
conferencia donde hablo sobre la Nueva Evangelización afirmo que los
nuevos evangelizadores deben de estar listos para llevar a cabo tres cosas: 1)
llegar a conocer a Cristo tal y como es él, mediante el estudio y la oración de
Su Palabra, 2) “el comunicarla tal y como es” predicando una sola fe y
vida en Cristo, y 3) “hablar desde el corazón” con celo y convicción.8 ¡Cuan
importantes son para nuestro testimonio de Cristo estas características de los
nuevos evangelizadores!
¿Quiénes son los Agentes de la Nueva Evangelización?
¿Quiénes son los agentes de la Nueva Evangelización en nuestra
diócesis? La respuesta a esta pregunta es simple, todos. Precisamente porque en
nuestro Bautismo cada uno de nosotros recibió el mandato de participar
plenamente en la misión de la iglesia. Es un mandato de compartir nuestra fe con
otros. A todos se nos ha pedido responder a este llamado de una manera
particular según nuestro estado de vida y vocación. En el pasado, los
evangelizadores eran sobre todo los sacerdotes, los diáconos y los obispos
ordenados, así como religiosos (as) en la vida consagrada. Ahora es el laicado
el que tiene la responsabilidad principal de la Nueva Evangelización. Ellos son
la vasta mayoría de la Iglesia y deben ejercitar su responsabilidad como los
nuevos evangelizadores.
La Exhortación Apostólica de Juan Pablo II, Christifideles Laici
(La Vocación y la Misión de los Fieles Laicos) es un documento tremendo que
surgió del Sínodo de Laicos que se llevó a cabo en 1977. Afirma el mandato del
laicado de convertirse en evangelizadores. Como hemos visto, el laicado esta
llamado a compartir sus dones y talentos como cristianos en el mundo donde
viven y trabajan, primariamente fuera de las estructuras y relaciones de la
Iglesia, pero sin excluir sus comunidades parroquiales y sus grupos de
parroquias. Es en el mundo donde esta evangelización toma lugar.
El laicado también esta llamado a promover la sanación y
la reconciliación en la iglesia y en la diócesis. Ellos están presentes ante
quienes más necesitan re-evangelización. Son ellos los que se encontrarán con
quienes necesitan ser evangelizados y tienen la oportunidad y el privilegio
único de ser agentes de la Nueva Evangelización. Ellos pueden asistir con sus
talentos y experiencia profesional en el proceso de planeamiento que se
desarrollará en los años venideros. Al mismo tiempo, pueden directamente
evangelizar a aquellos que se han alejado de la fe. Ellos pueden
catequizar a los que están en nuestros programas de educación religiosa y en
nuestros programas de RICA (Rito de Iniciación Cristiana de Adultos). Si la
Nueva Evangelización va a enraizarse en nuestra diócesis, necesitamos presenciar
un gran incremento en el número de los que participarán en los programas de
formación de la fe para adultos. Son ellos los que deben llevar el Evangelio a
tiempo y a destiempo al mundo y a todos los que lo escucharán en la familia de
la Iglesia y verdaderamente la del mundo.
En su encíclica, Redemptoris Missio (La Misión del Redentor), el
Papa Juan Pablo II nos dice, “dentro de la Iglesia, hay varios tipos de
servicios, funciones, ministerios y formas de promover la vida cristiana. Les
recuerdo, como un nuevo desarrollo que se esta llevando a cabo en muchas
iglesias recientemente, el rápido crecimiento de los movimientos eclesiales”
llenos de dinamismo misionero. Cuando estos movimientos humildemente buscan
formar parte de la vida de las iglesias locales y los obispos y los
sacerdotes les dan la bienvenida dentro de las estructuras diocesanas,
representan un verdadero regalo de Dios para la nueva evangelización y para la
actividad misionera como tal. Yo por lo tanto, recomiendo que se les
permita expandirse, y que se les utilice para dar una energía fresca,
especialmente entre los jóvenes, a la vida cristiana y a la evangelización,
dentro de una vista pluralista de las formas a través de las cuales los
cristianos pueden asociarse y expresarse ellos mismos” 9
En la evangelización del pasado, diversos movimientos eclesiales
evolucionaron convirtiéndose en nuevos institutos de vida consagrada de hombres
y mujeres. La Nueva Evangelización de nuestro tiempo, le pertenece a los laicos
según lo manifiestan los muchos movimientos eclesiales. Nuestra diócesis ha sido
bendecida al contar con muchos nuevos y viejos movimientos laicales los
cuales pueden llevar a cabo el trabajo de la Nueva Evangelización. Estos
incluyen, pero no exclusivamente, el Camino del Neocatecumenado, la Renovación
Carismática, la Renovación Carismática Haitiana e Hispana, el Programa de
Discípulos Misioneros, el programa de RENEW, Comunión y Liberación, el Encuentro
Mundial Matrimonial, los Movimientos de Cursillo y de Jornada, el Apostolado
para la Consagración de la Familia, el Movimiento Focolar, el Movimiento
Familiar Cristiano, los Ministerios de la Luz, el Movimiento Pro-Santidad de la
Vida y la Legión de María. Estos movimientos merecen nuestro respecto y
cooperación. Aunque algunos no son fáciles de incorporar en nuestras estructuras
parroquiales existentes, todos traen el celo y la energía necesaria para la
Nueva Evangelización. Necesitamos conocer mejor sus fortalezas e incorporar sus
carismas específicos en los esfuerzos de la Nueva Evangelización.
Los esfuerzos para la promoción de vocaciones al sacerdocio y la
vida consagrada no pueden descuidarse. Aunque la Nueva Evangelización la
llevarán a cabo los laicos, la necesidad de clero ordenado y hombres y mujeres
consagrados es más crítica que nunca. Es necesario escribir toda una carta
pastoral dedicada al reclutamiento y retención de vocaciones. Sin embargo, es
suficiente decir que sin el liderazgo de los ordenados y de los hombres y
mujeres en la vida consagrada, el trabajo de la Nueva Evangelización está
incompleto.
Quienes se encuentran en la vida consagrada tienen un papel
único en la evangelización. Ellos son los símbolos de la disponibilidad,
dedicación y del completo servicio a nombre del Reino del Dios. Ellos lo han
dejado todo por seguir a Cristo, y son los que mejor pueden dar testimonio de
una completa dedicación en el trabajo de la Nueva Evangelización.
A los diáconos permanentes tan numerosos en la diócesis y,
gracias a Dios que no hay escasez de vocaciones, los invitamos a redoblar sus
esfuerzos de continuar al servicio del sagrado ministerio en el altar, la
Palabra de Dios y sobre todo como ministerios de la caridad en el mundo en el
cual viven y trabajan.
A nuestros hermanos sacerdotes, les animamos a que nunca cesen
en sus esfuerzos de ser hombres de fe y esperanza, en su ministerio de la
enseñaza y predicación del evangelio así como en la celebración de la Eucaristía
y los otros sacramentos. A través de su testimonio de santidad continúan siendo
los evangelizadores más visibles y eficaces en la iglesia y en el mundo
hoy.
La primera misión de la Iglesia es predicar la Palabra. Sin
embargo, esta Palabra debe de predicarse con la santidad y la generosidad de la
propia donación que es la misma persona de Jesucristo. Éste es el poder
transformador del sacramento de las Órdenes Sagradas y por lo que solo aquellos
que tienen las Órdenes Sagradas y no solamente el bautismo, deben de predicar la
Palabra en nuestras Liturgias Eucarísticas. La predicación de la Palabra debe
llevar a sus oyentes a esta donación de si mismo, llevándoles por lo tanto a una
experiencia del poder y de la presencia viva de la Palabra de Dios. Más aún, la
Palabra es comunicada también por los laicos por medio de su palabra y ejemplo
ayudándoles de esta manera a otros a tener esta misma experiencia.
Una enorme deuda de gratitud se debe a quienes han trabajado en
el viña y han experimentado el calor del día, como nos lo dice la parábola del
evangelio en (Mt 20, 1-16). Mujeres y hombres en la vida consagrada, diáconos,
sacerdotes, obispos, y laicos individualmente o como miembros de movimientos
eclesiales, todos se han donado generosamente en el pasado y continúan
haciéndolo como participantes activos en la Nueva Evangelización. Sus esfuerzos
son del todo más importantes ahora. Nunca deben de sentirse excluidos o
innecesarios en la medida en que los nuevos agentes de la evangelización toman
el liderazgo futuro.
Los obispos, especialmente yo como pastor principal, los obispos
auxiliares y nuestro obispo jubilado, debemos de seguir el ejemplo del Buen
Pastor como la Exhortación Apostólica Pastores Regis (Pastores del Rebaño del
Señor) nos dice, “... fijando un ejemplo para el rebaño confiado a nosotros por
el Pastor de Pastores, de manera que seamos “sirvientes más comprometidos del
evangelio para la esperanza del mundo.” 10
A los obispos como principales evangelizadores en la diócesis,
se les ha dado la responsabilidad de enseñarle a otros lo que es la
evangelización. Es mi esperanza que esta carta pastoral logre cumplir con
algunas de estas responsabilidades mediante la explicación clara de cómo y a
través de que manera podemos llegar a ser más eficaces en nuestros esfuerzos de
evangelización.
El Contexto de la Nueva Evangelización en Brooklyn y
Queens
El trabajo de la Nueva Evangelización en la Diócesis de
Brooklyn debe tomar en cuenta la naturaleza única de nuestra diócesis. La
evangelización solamente es eficaz cuando se toma en consideración a la gente a
la cual se le dirige -sus necesidades de lenguaje, símbolos y cultura-. Los
condados de Brooklyn y Queens conforman una diócesis con características
individuales y desafíos los cuales afectarán como viviremos esta Nueva
Evangelización. Somos quiénes somos. Porque somos únicos, nuestros problemas al
enfrentar los desafíos de la evangelización también son únicos.
Nuestros Desafíos Únicos
Nuestros desafíos únicos son muchos. Primero, somos una diócesis
de inmigrantes. Casi la mitad de nuestra población esta conformada de recientes
inmigrantes, personas que tienen sus propios problemas de ajuste como recién
llegados no solo a una nueva sociedad sino además a una Iglesia nueva y muy
diferente de la cual están acostumbrados. Estos individuos vienen con
necesidades y problemas especiales. Muchos son víctimas de injusticias
sociales tales como pobreza, problemas de desempleo, y carencia de estado legal
de inmigración. Estos individuos en nuestra diócesis enfrentan
circunstancias únicas las cuales deben de tomarse en cuenta cuando se quiera
llevar a cabo cualquier esfuerzo de alcanzarles a través de la Nueva
Evangelización.
Existen también muchas comunidades étnicas y culturales en la
diócesis de Brooklyn que traen con ellas el desafío de la pluralidad de idiomas,
tradiciones religiosas y formas de vida que afectan nuestras parroquias,
escuelas y otras instituciones. Hay muchas oportunidades en medio de estos
desafíos para la evangelización. A no ser que estos desafíos sean propiamente
identificados y tratados en forma correcta, los esfuerzos de la Nueva
Evangelización serán ciertamente limitados.
Otra característica única de nuestra diócesis es el ambiente
totalmente urbano en el cual vivimos. El desafío de una vida rápida, los
peligros del anonimato, el constante cambio de nuestros vecindarios, el
desplazamiento y otros problemas sociales, hacen el evangelizar en esta diócesis
un desafío único. Este es un desafío, sin embargo, yo sé bien que la gente, los
sacerdotes, los diáconos y religiosos(as) de la Diócesis de Brooklyn se
encuentran bien equipados para enfrentar.
Finalmente, otro desafío que enfrentamos en nuestra diócesis,
así como en la nación, es la cultura popular en la cual vivimos. Nuestra cultura
secularizada se caracteriza no solamente por abrazar valores contrarios a la fe
cristiana, sino también por el crecimiento de una antipatía dirigida hacia
quienes profesan una fe religiosa. La Nueva Evangelización debe llevarnos a dar
testimonio de los valores cristianos y el abrir el mensaje del evangelio a las
diversas culturas. Evangelización, como Juan Pablo II nos lo ha dicho, una y
otra vez, nos conduce a una civilización del amor.11 Por la tanto, la tarea que
se nos presenta es enorme y a la vez crítica.
La Nueva Evangelización no solamente se dirige a los individuos,
sino también a todas las culturas. Busca el transformar todas las culturas y
sociedades en concordancia con el evangelio. Ha sido siempre la actividad
misionera de la Iglesia el encontrar culturas y sumergirse en ellas mediante el
proceso del “inculturación”. Esta “inculturación” significa la transformación
definitiva de los valores culturales mediante la inserción y la integración del
cristianismo en varias culturas. No debemos temer la “inculturación” sino más
bien abrazarla como componente necesario de la Nueva Evangelización.
Nuestras Fortalezas
No podemos, sin embargo, olvidarnos de nuestras fortalezas.
Estamos bien preparados para enfrentar los desafíos de la Nueva Evangelización
porque nuestra principal fortaleza es nuestra gente, nuestros recursos humanos.
Hemos sido bendecidos con muchos dedicados, talentosos y arduos trabajadores,
mujeres y hombres de fe que en nuestras parroquias, grupos de parroquias, y
oficinas diocesanas laboran con celo extraordinario por hacer presente el Reino
de Dios. Nos vigoriza además la fe de los recién llegados quienes nos recuerdan
nuestras tradiciones y nos enseñan nuevas maneras de practicar y expresar
nuestra fe. Nuestra tradición de darles la bienvenida a los inmigrantes se
encuentra bien establecida en Brooklyn y Queens, especialmente cuando la misma
se ha testimoniado a través de nuestros servicios sociales, hospitales y
escuelas. Esto nos reafirma el gran potencial que tenemos para enfrentar estos
especiales desafíos.
Algunos Obstáculos para el Trabajo de la Nueva
Evangelización
Nuestra sociedad moderna también nos presenta algunos obstáculos
para el trabajo de la Nueva Evangelización. Primero, están esos obstáculos
sociales que les impide a las personas el poder responder a la llamada de
Cristo. Algunas personas son tan pobres y se encuentran tan marginadas que las
dificultades de la existencia diaria les impide el oír la Palabra del Dios, e
incluso el poder buscar la asistencia de la Iglesia. Las buenas nuevas de Cristo
se ven obscurecidas por los problemas diarios a que se enfrentan. Estas personas
pueden fácilmente verse distraídas por una cultura secularizada y materialista,
así como el consumismo, que pudiese dar la apariencia de que están
desinteresados en practicar la fe, cuando de hecho, ellos se encuentran a la
vez, hambrientos de una nueva comprensión de la vida y de la fe.
Otras Tendencias
Hay muchas otras tendencias que actúan como obstáculos para la
Nueva Evangelización. El cardenal Avery Dulles, en su ensayo, “Teología
Evangelizadora”12, menciona muchos de estos obstáculos. Uno de estos obstáculos
es la separación entre la fe y lo que se cree. En la instrucción de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, Dominus Iesus (Jesús el Señor), se nos
advierte contra esta separación. “La fe es ante todo la adherencia personal del
hombre a Dios.... libre asentimiento a la verdad completa que Dios ha
revelado.”13 Es la entrega total de uno mismo a Cristo como Revelación del
Padre. Es un acto de obediencia. El creer es “la suma de la experiencia y el
pensamiento los cuales constituyen el tesoro humano de la sabiduría y la
aspiración religiosa, la cual el hombre en su búsqueda de la verdad ha concebido
y utiliza como base en su relación con Dios y el Absoluto.”14 Creer puede ser la
experiencia de vaciarse uno mismo del mundo. Puede envolver la no trascendencia
de sí mismo. La fe por el contrario es la experiencia de la propia donación a la
Persona del Dios que se Revela. Es una experiencia sobrenatural.
Esta separación entre la fe y creer puede conducir a una cierta
negación de cualquier cosa que está más allá de la habilidad de ser probada
físicamente. Hay quienes se enfrascan en un pragmatismo religioso, haciendo de
la religión un objeto utilitario. El relativismo cultural de nuestro tiempo no
le permite a muchos el desarrollar verdaderos valores que pueden enfrentar la
prueba de la llamada personal a la libertad. Muchos confunden el pluralismo
religioso como una excusa para evitar la evangelización. La tendencia abrumadora
de entender mal la libertad personal atenta también contra una evangelización
estable y eficaz. Finalmente, hay muchos cuyas actitudes anti-autoritarias crean
un verdadero obstáculo para poder aceptar la evangelización, lo cual en si mismo
responde a la autoridad de Cristo y que es ejercitada por la Iglesia.
No hay sitio, sin embargo, para una actitud derrotista. Se nos
ha asegurado que la gracia nos permitirá superar todos obstáculos, aunque sean
muchos y formidables. Nuestro nuevo celo nos permite comenzar de nuevo e ir
donde tal vez nuestros temores no nos permitiría ir.
Seis Actitudes para la Nueva Evangelización
Si deseamos iniciar el trabajo de la Nueva Evangelización en
nuestra diócesis, hay ciertas actitudes que deben definir nuestras vidas y
trabajo como evangelizadores.
Primero, una actitud de asociación o, en términos teológicos, de
solidaridad debe definir todo lo que hagamos como Iglesia. La asociación
caracteriza el mundo en que vivimos hoy. Es un mundo en el cual los negocios y
las corporaciones actúan a menudo en sociedad para lograr ciertas tareas o
alcanzar ciertas metas. Aunque las asociaciones dentro de una sociedad
secularizada pueden ser simplemente una herramienta utilitaria, muchas no lo
son. De hecho, personas que no están bautizadas pueden vivir una vida espiritual
en una sociedad secular por la gracia recibida de Cristo a través de la Iglesia
de una manera misteriosa que no entendemos. Ellos muchas veces lo hacen mejor
que nosotros.
Como católicos, creemos que la Iglesia es un sacramento ofrecido
a la sociedad para humanizarla. Afirmamos que hay muchos acontecimientos humanos
y divinos ocurriendo fuera de la Iglesia. Los fieles están llamados a dar
de ellos mismos en el trabajo ordinario de la vida diaria en el mundo, a fin que
llegue a ser cada vez más y más humana, como Cristo en Nazaret hizo del trabajo
humano algo sagrado. Más aún las asociaciones en la Iglesia son relaciones de
amor que deben conducir a un muto servicio y a una mayor solidaridad.
Así, la Nueva Evangelización comienza con esta “actitud de
asociación” que es solidaridad. Exige un espíritu de bienvenida, un respecto por
otros y un amor que se sacrifica por los demás, especialmente con quienes
vivimos y deseamos compartir nuestra posesión más preciada - nuestra fe-. Esta
actitud de solidaridad y de asociación debe transformar cómo vivimos y nos
ministramos los unos a los otros como miembros de las diferentes parroquias,
dentro de los grupos de parroquias; y entre las agencias diocesanas, las
parroquias y los grupos de parroquias. La solidaridad, que es asociación, y el
discipulado son uno en la Nueva Evangelización.
La segunda actitud que debemos desarrollar es la de ser
inclusivos, o en términos teológicos, comunión que celebra nuestra vida
multi-étnica e inmigrante. En un nivel práctico, debemos intentar entender y
respetar las costumbres y las tradiciones religiosas de nuestros nuevos
inmigrantes. El tema fundamental de la Nueva Evangelización es el de reafirmar
la dignidad y la libertad de cada persona humana como sujeto a quien nunca se le
debe tratar como un objeto o ser utilizado como medio para conseguir un fin. La
instrucción más reciente sobre los inmigrantes de la Santa Sede afirma: “los
cristianos deben de hecho promover una cultura de bienvenida, capaz de aceptar
los valores verdaderamente humanos de los inmigrantes por encima de cualquier
dificultad causada por el hecho de vivir junto a personas diferentes.”15
Debemos de dar valor a la religiosidad y piedad de los
inmigrantes como expresiones únicas de quiénes son ellos como católicos. Como
Iglesia que da la bienvenida, debemos permitirles el que practiquen su fe de una
manera que sea consistente con sus tradiciones. De la manera más amplia posible,
debemos de enseñar, predicar y formar a los inmigrantes en su propio idioma. Por
ejemplo, esta carta pastoral debe de traducirse en los principales idiomas de la
Diócesis de Brooklyn, así como resumirse para los otros grupos considerablemente
grandes de inmigrantes en Brooklyn y Queens. Por lo tanto, debemos de practicar
lo que predicamos en todas las formas. En el nivel espiritual, debemos
esforzarnos por reconocer que nuestra diversidad étnica es una fortaleza y
que encontraremos mayor unidad en la diversidad que nos caracteriza. La unidad
no es ser lo mismo. La unidad es una reflejo de la vida de la Trinidad, tres
Personas un solo Dios, cada uno separado y distinto, cada uno tiene una entrega
de sí mismo diferente, pero tan unidos que forman un solo Dios. Así también,
debe ser entre nosotros.
Esta necesidad de reconocer nuestra diversidad multi-cultural y
étnica es una parte esencial de nuestra vida y debe encontrar su lugar en todo
nuestro trabajo pastoral en la Nueva Evangelización. No podemos ser
auténticamente Iglesia si no respondemos a las necesidades multi-culturales y
multilingües del pueblo de Dios en la diócesis. Consecuentemente, las agencias
diocesanas deben esforzarse en lo mejor de sus capacidades por incluir y servir
a todos en sus programas y servicios. Esto, es realmente un gran desafío.
Requerirá no solamente la traducción de un programa o de unas directrices a otro
idioma, sino el inculturar estos programas y directrices, requiriendo por
momentos un enfoque totalmente diferente con los variados grupos de inmigrantes.
Este es un desafío al que debemos hacer frente como parte de la Nueva
Evangelización.
En Novo Millennio Ineunte (Al inicio del Nuevo Milenio), el
Santo Padre definió lo que la comunión debe ser en la Iglesia. “Una
espiritualidad de comunión implica sobretodo la contemplación en el corazón del
misterio de la Trinidad la cual vive en nosotros, y cuya luz debemos ver brillar
en el rostro de los hermanos y de las hermanas alrededor nuestro. Una
espiritualidad de comunión, significa también el tener la capacidad de
pensar acerca de nuestros hermanos y hermanas en la fe como parte del profundo
misterio de unidad del Cuerpo Místico y, por lo tanto, ‘como quienes son parte
de mí’. Esto nos hace capaces de compartir sus alegrías y sufrimientos, de
detectar sus deseos y de atender sus necesidades, de ofrecerles una amistad
profundamente auténtica.
Una espiritualidad de comunión implica también la capacidad de
mirar lo que hay de positivo en otros, a fin de darle la bienvenida y valorarlo
como regalo de Dios: no solamente como un regalo para el hermano o la hermana
que lo ha recibido directamente, sino además como un ‘don para mí’. Una
espiritualidad de comunión significa finalmente, el saber ‘hacer espacio’ para
nuestros hermanos y hermanas compartiendo ‘las cargas de uno y otro’ (Gal 6, 2)
y el resistir las tentaciones egoístas que nos incitan constantemente y provocan
la competencia, la desconfianza y los celos. No nos hagamos ilusiones: a no ser
que sigamos esta trayectoria espiritual, las estructuras externas de comunión
tendrán un propósito muy pequeño. Se convertirán en mecanismos sin un alma,
‘máscaras’ de comunión en lugar de medios de expresión y crecimiento.”
16
Una tercera actitud que debemos aprender es el espíritu de
colaboración que debe marcar todo ministerio pastoral en la Iglesia. La
colaboración es básicamente la capacidad de poder trabajar libremente el uno con
el otro. Presume la comunicación y la cooperación, dos de sus elementos
esenciales. Quizás una definición simple podría ser la capacidad de abrazar
conjuntamente una misión común con el fin de enfrentar los problemas que exceden
la capacidad de poder enfrentarlos de una persona o de un grupo por sí
mismos.
A nivel diocesano, podemos ver cuan importantes son los grupos
de parroquias en este esfuerzo de colaboración. La experiencia de tres años de
desarrollo de los grupos de parroquias como parte del mecanismo de planificación
pastoral diocesano está empezando a producir fruto. ¡Cuán importante es para la
Diócesis de Brooklyn tomar lo que los grupos de parroquias han desarrollado como
respuestas serias a los desafíos individuales!
A nivel parroquial, es importante que se viva el espíritu de
colaboración a fin de que la comunidad local utilice los dones y talentos de sus
diferentes miembros para predicar con eficacia el evangelio. A nivel práctico,
lo que esto significa es que cada parroquia cuente con consejos de finanzas y
pastorales efectivos en donde los representantes de la parroquia pueden
colaborar unidos para lograr el trabajo de la Nueva Evangelización.
Otro verdadero desafío es la colaboración espiritual la cual nos
forzará a comprender de una manera más profundamente personal, el significado de
la visión de san Pablo en la cual todos somos miembros del Cuerpo de Cristo
“(Cor. 12, 12-30). Fue esta visión Paulina la que dirigió el trabajo de nuestro
Sínodo Diocesano que se llevó a cabo en 1996. El Cuerpo de Cristo tiene varios
miembros, todos diferentes, pero todos importantes el uno para el otro.
Colaboración significa que el Cuerpo de Cristo trabaje unido en un espíritu de
comunión que viene de una donación de sí mismo.
En una carta reciente a los obispos de la Iglesia Católica
proveniente de la Congregación para Doctrina y la Fe, titulada La Colaboración
de Hombres y mujeres en la Iglesia y en el Mundo, leemos:
“Entre los valores fundamentales que están vinculados a la
vida concreta de la mujer se halla lo que se ha dado en llamar la «capacidad de
acogida del otro». …esta intuición está unida a su capacidad física de dar la
vida. Sea o no puesta en acto, esta capacidad es una realidad que estructura
profundamente la personalidad femenina. Le permite adquirir muy pronto madurez,
sentido de la gravedad de la vida y de las responsabilidades que ésta implica.
Desarrolla en ella el sentido y el respeto por lo concreto, que se opone a
abstracciones a menudo letales para la existencia de los individuos y la
sociedad.” 17
Es muy importante el reconocer esto. La implementación de la
Nueva Evangelización debe tomar en cuenta el mejorar las relaciones de trabajo y
un renovado respeto por las mujeres en la Iglesia. Más de la mitad de los
miembros activos de la Iglesia son mujeres y una mejor colaboración entre y con
las mujeres es crítica en el trabajo de la Nueva
Evangelización.
Una cuarta característica que debe definir nuestro ministerio
común, es el deseo de planear nuestro futuro pastoral a nivel parroquial, grupo
de parroquias y diocesano. La Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte (Al Inicio
del Nuevo Milenio) identifica la planificación pastoral como esencial para la
vida de la Iglesia y de la Nueva Evangelización. “Es en las Iglesias locales
donde las características específicas de un plan pastoral detallado pueden ser
identificadas -las metas y los métodos, la formación y el enriquecimiento de las
personas envueltas, la búsqueda de los recursos necesarios- que permitirán que
la proclamación de Cristo llegue a la gente, moldear las comunidades y tener una
influencia incisiva y profunda al llevar los valores del evangelio a la sociedad
y cultura.”18 Todo este planeamiento debe respetar el principio de
subsidiariedad que ha sido tan eficaz y útil en la vida de la Iglesia.
La subsidiariedad significa que, un nivel más alto de la
autoridad en la Iglesia nunca debe tomar por sí misma el llevar acabo algo que
se puede lograr a un nivel de responsabilidad más próximo a eso que se pretende
lograr. Por ejemplo, la diócesis nunca debe de hacer algo que una parroquia
puede hacer mejor para ella misma o por si misma. Al mismo tiempo, la diócesis
debe de llevar a acabo aquello que las parroquias o los grupos de parroquias no
pueden realizar por sí mismos. Concretamente, las agencias diocesanas existen
para servir las parroquias y no de la otra forma. Estas agencias deben
asegurarse de que todo cuanto hacen apoya y promueve el trabajo de las
parroquias porque es en las parroquias donde la Nueva Evangelización tiene
lugar. Por lo tanto, nuestras agencias diocesanas deben esforzarse en última
instancia por proporcionar los recursos y las herramientas necesarias para que
los equipos parroquiales puedan llevar a cabo con eficacia la Nueva
Evangelización.
Quinto, debemos tener una actitud de diálogo, honesto, abierto y
continuo en todos los niveles en la Iglesia. Diálogo significa el escuchar las
necesidades de todos nuestros compañeros en la fe, y todos los que forman parte
de la tradición católica, pasada y presente. También significa el encontrar
espacio en nuestra Iglesia para todas las expresiones válidas y legítimas de la
fe. Obviamente, debemos escuchar de una manera especial el Magisterio y la
autoridad de la enseñanza de la Iglesia. Nada de lo que hacemos en el nombre de
la Nueva Evangelización debe socavar nuestra fe o lo que enseña la Iglesia.
También, debemos presumir una buena voluntad de querer compartir nuestra
tradición católica dentro y fuera de nuestra comunidad de fe. Compartir y
dialogar no significa el comprometer nuestra fe. Sino, que es el intercambio
honesto de ideas que nos conduce a un conocimiento más profundo de la
verdad.
Dentro de la Iglesia, fortalecemos nuestro testimonio y
compromiso comunes con el evangelio convirtiéndonos en mejores
oyentes.
Con otros cristianos en un espíritu ecuménico, compartimos lo
que creemos a fin de que tanto ellos y nosotros podamos llegar a un
conocimiento más perfecto de Cristo.
Tenemos a nuestros hermanos y hermanas de fe judaica, a quienes
vemos como el pueblo de la Alianza y con quienes tenemos una gran deuda como
nuestros hermanos y hermanas mayores en la fe de Abraham. Esperamos desarrollar
nuevas formas de respetarnos y de protegernos unos a otros, el poder
colaborar en una mejor comprensión de nuestra fe bíblica y compartir acciones
comunes que fluyen de nuestra fe.
Las personas de otras tradiciones religiosas son numerosas en
Brooklyn y Queens, sean seguidores del Islam, seguidores de Buda u otras
tradiciones religiosas. Ellos también deben de ser nuestros compañeros en
respecto mutuo y diálogo.
Debemos dialogar de una nueva manera con nuestra cultura
secularizada y los medios de comunicación que la forman. Nuestra cultura
secularizada es quizás, el desafío más grande para la Nueva Evangelización. La
cultura se puede definir como los valores, la creencia y las estructuras
sociales que organizan y le dan significado a nuestra vida común como sociedad.
Cuando una cultura se seculariza, intenta eliminar todas las creencias y los
valores religiosos de la vida ordinaria. Secularización en última
instancia lleva a una exaltación de uno mismo y a una indeferencia de nuestra
relación con Dios.
Como cristianos, creemos que una cultura secularizada,
desprovista de Cristo, está tratando de hacer lo imposible, debido a que el
poder y el amor de Cristo bendijeron y transformaron toda la vida humana con la
presencia de Dios. Por lo tanto, nuestros esfuerzos por evangelizar nuestra
cultura deben comenzar con nuestro propio testimonio de amor, de perdón y de
respecto por la vida humana la cual manifestará la verdadera presencia de Cristo
a todos. Si no podemos encontrar un lenguaje apropiado para explicarle el
significado del evangelio a quienes han abrazado los valores de nuestra cultura
secular, entonces habremos ciertamente fallado. Debemos identificar las
características en nuestra cultura que la hacen insensible a las enseñanzas de
Jesucristo. Con paciencia, dirección, y sobre todo con caridad, debemos
verdaderamente de dialogar con y cambiar la cultura de la cual también somos una
parte.
La meta de la Nueva Evangelización es el desarrollo de una nueva
cultura secular, mediante la transformadora donación de uno mismo lo cual es el
regalo de cada cristiano a la sociedad. Esta donación de uno mismo ocurre
especialmente en los lugares de trabajo.
Si entendemos la cultura como el cultivo de cada persona humana
en la libertad para alcanzar un mayor conocimiento y dominio de si mismo,
entonces los cristianos en el lugar de trabajo pueden ayudar a invertir la
tendencia al secularismo y ayudar a crear una cultura verdaderamente secular y
cristiana. Nuevamente, el secularismo debe de ser transformando en secularismo
cristiano, el cual es esencialmente Cristo céntrico. Fluye del mismo libre
sacrificio de Cristo por el mundo pasado, presente y futuro. “Todas las épocas
le pertenecen a él” como decimos en la Vigilia Pascual.
La cultura es sagrada al igual que secular. No debe haber
conflicto para que el cristiano viva en una cultura secular mientras que la
cuide de no convertirse totalmente secularizada, o desprovista de fe y de
moralidad. No debemos juzgar nuestra cultura secularizada como algo ajeno a
nosotros mismos. Por el contrario, formamos parte de nuestra cultura social y
deberíamos serlo. Sin embargo esto no significa que no busquemos transformarla a
la luz de nuestra fe, especialmente en lo que al significado y dignidad a la
persona humana revelada por Jesucristo se refiere. Ésta es la gran
responsabilidad de la Nueva Evangelización al inicio del tercer milenio en la
formación de una nueva cultura global o la “globalización de la solidaridad,”19
como el Santo Padre ha sugerido.
Finalmente, debemos desarrollar una actitud de oración y
apertura a la gracia del Espíritu Santo. La realidad es que el Espíritu Santo,
el Espíritu de Jesucristo, es el evangelizar primario. Somos meros instrumentos
en las manos del Espíritu Santo, de modo que la centralidad de Cristo se
convierte en la marca y la clave de la Nueva Evangelización. No es nuestro
propio trabajo, sino Cristo quien trabaja a través de nosotros y mediante el
poder del Espíritu Santo en quien confiamos. Nuestra fuente primaria de fuerza
para realizar este trabajo puede solamente fluir de una vibrante y ferviente
relación de oración con Jesucristo. Por lo tanto, en la medida en que
emprendemos nuestros esfuerzos por la Nueva Evangelización, debemos redoblar
nuestro empeño en desarrollar nuestra relación personal con Jesucristo.
Solamente de esta manera podremos cumplir con el mandato de Cristo de ir y
bautizar a todas las naciones en Su nombre.
¿Hacia donde nos conduce la Nueva Evangelización?
Al final, ¿hacia dónde nos conducirá esta Nueva Evangelización
como diócesis? No nos conducirá a crear un plan maestro o un nuevo programa. En
su lugar, nos conducirá a edificar el Reino de Dios en medio de nuestra
realidad. Es un Reino inseparable de la persona de Jesucristo y su Iglesia como
Redemptoris Missio (La Misión del Redentor) nos dice, “sobretodo.... El Reino se
manifiesta en la misma persona de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre,
‘quien vino a servir y dar su vida como rescate por muchos’ (Mc 10, 45).
El Reino de Dios no es un concepto, una doctrina, o un programa sujeto a la
libre interpretación, sino que es ante todo una persona con el rostro y el
nombre de Jesús de Nazaret, la imagen del Dios invisible. Si el Reino se separa
de Jesús, no es el Reino de Dios que él reveló. El resultado es una distorsión
del significado del Reino...”20 Es un Reino en el cual hay algo nuevo y viejo
(Mt 13, 52), un Reino que se ha comparado con la red que recoge buenos y malos
peces (Mt 13, 47-48), un Reino que no pertenece a este mundo pero que está
dentro de él y que alcanzará su cumplimiento definitivo en el mundo venidero.
Así, nuestras metas son principalmente espirituales, que la
Iglesia pueda madurar como comunidad de fe en todos los niveles, y que la fe
ilumine el significado básico y el compromiso a la persona de Cristo y su
Evangelio. Sin esto, todos nuestros esfuerzos de evangelización fallarán y no
tendrán ningún significado verdadero. Debemos, sin embargo, desarrollar un nuevo
celo y un nuevo propósito compartido de predicar el Evangelio con eficacia en
nuestro mundo contemporáneo. Nuestro celo debe superar nuestros temores,
ansiedades e incluso insuficiencias. Nuestro celo es por lo que vamos a ser
recompensados independientemente de cuanto suceso o no hayan tenido
nuestros esfuerzos.
Debemos tener una resolución unida para responder a los
problemas que ahora enfrentamos como Iglesia. Ninguno de nuestros esfuerzos
producirá fruto si no los llevamos a cabo en el nombre del Señor y buscamos
siempre su ayuda. En última instancia, debemos ser señal de esperanza para todas
las personas de buena voluntad que buscan la verdad revelada en
Jesucristo.
Conclusión
Es el Señor mismo quien nos sostiene. Es con la ayuda del
Señor que juntos podremos “remar hacia aguas más profundas” y enfrentar el
desafío de la Nueva Evangelización en nuestra diócesis, nuestra ciudad y en el
mundo.
Con la ayuda del Dios, confiando en Espíritu Santo, le confiamos
la misión de la Nueva Evangelización a la Santísima Virgen María, bajo el
título de Nuestra Señora de Guadalupe. Fue por su intercesión y aparición al
recién bautizado, el indio San Juan Diego más de cinco siglos atrás, que la
Nueva Evangelización de América tomo lugar. Con su intercesión, la Nueva
Evangelización puede ser eficaz y producir fruto. A ella le confiamos con filial
dedicación la Iglesia en el nuevo milenio, como instrumento para la Nueva
Evangelización. Es ella la Estrella del Mar, nuestra guía, mientras “remamos
hacia aguas más profundas”
Nicholas DiMarzio, Ph.D., D.D. 3 de
octubre del 2004 Primer aniversario de Instalación
Episcopal Brooklyn, New York
Bibliografía
1 Instrucción Dominus Iesus, Congregación para la Doctrina de la
Fe, (6 de agosto, 2000), par. 4.
“Cuando las palabras y las experiencias de evangelización no
están cimentadas en la Persona de Cristo, existe el peligro del relativismo. La
constante proclamación misionera de la iglesia se ve amenazada por teorías
relativistas las cuales buscan justificar una religiosidad pluralista, no solo
de facto pero además de iure (o en principio). Como consecuencia, se
afirma que algunas verdades ha sido superadas; por ejemplo, el definitivo y
completo carácter de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe
cristiana en comparación con las creencias de otras religiones, la inspiración
de los Libros Sagrados, la unión personal entre la Palabra Eterna y Jesús de
Nazareth, la universalidad del misterio de Jesucristo, la universalidad de la
mediación de la salvación de la iglesia la inseparable – reconociendo la
distinción- del Reino de Dios, el Reino de Cristo y la iglesia, y la
subsistencia de una iglesia de Cristo en la iglesia Católica.”
2 Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Missio, (7 diciembre,
1990), par. 5.4.
3 Ibid, par. 10.1.
4 Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Pastores Gregis, (16 de
octubre, 2003), par. 27.
5 Cardenal Karol Wojtyla, Fuentes de Renovación, Harper and Row,
1980, p. 17.
6 Juan Pablo II, Pastores Gregis, par. 3 y 27.
7 Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, (8 de
diciembre, 1975), no. 14.
8 Cardenal Theodore McCarrick, “El llamado a la Nueva
Evangelización” en Ministerio a Través de la Óptica de la Evangelización,
(Washington, DC: Secretariado para la Evangelización, USCCB, 2003), p.
6.
9 Juan Pablo II, Redemptoris Missio, (par. 72.
10 Juan Pablo II, Pastores Gregis, par. 5.
11 Juan Pablo II, Encíclica Dominum et Vivificantem, (18 de
mayo, 1986) par. 65 y la Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente, (10
de noviembre, 1994), par. 54.
12 Avery Dulles, “Teología de la Evangelización,” Revista First
Things, Marzo 1996, p. 27-32.
13 Dominus Iesus, Congregación para la Doctrina de la Fe, par.
7.
14 Ibid.
15 Instrucción Erga Migrantes Caritas Christ, Consejo Pontificio
para el Cuidado Pastoral de los Emigrantes y Personas Itinerantes, (14 de mayo,
2004), par. 39.
16 Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, (6 de
enero, 2001), par. 43.
17 Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre La
colaboración de los Hombres y Mujeres en la Iglesia y el Mundo, Congregación
para la Doctrina de la Fe (31 de julio, 2004), par. 15.
18 Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, par. 29.
19 Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in America,
(22 de enero, 1999), par. 55, y Pastores Gregis, par. 63.
20 Juan Pablo II, Redemptoris Missio, par.
18.
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